Libertad, igualdad y tribus urbanas.
La realidad de las diferencias en las sociedades pluralistas y democráticas es insoslayable: católicos, protestantes, musulmanes, izquierdistas, derechistas, homosexuales o heterosexuales, hombres y mujeres. La diversidad como el quiebre de la unidad del discurso moral es un hecho de la modernidad (nos guste o no, si no desafíen a un opusdei a que convenza de su “verdades absolutas” a un comunista, liberal, socialdemócrata o cristiano progresista sobre cuál es la sociedad justa… el sistema democrático no es sino respuesta a este hecho ante la necesidad de acuerdos).
Desde el siglo XVIII tanto la tradición liberal, como la socialista consideran a la persona como un valor: la dignidad humana es el centro del orden social y político que se busca. Esto no es más que considerar a cada persona como libre e igual a las demás. Es por ello, que tanto el estado como el derecho no pueden si no ser justificados, legitimados desde la persona como valor: ya no pueden concebirse como hechos naturales… al final del día, como realidad impuesta por alguna autoridad suprahumana… dios, dioses o algo parecido; como declarara Nietzsche, lo relevante no es que exista o no dios, si no que la modernidad prescinde de estas autoridades suprahumanas. Volver a atrás, y buscar justificaciones metafísicas (dios, la verdad en absoluto, el ser en sí… cosas por el estilo) a la política no es sustentable en la modernidad, y quienes utilizan esto en el discurso político lo hacen como recurso desesperado a la ausencia de razones capaces de convencer en el juego democrático… ¿no es acaso fácil estar contra ciertas actuaciones morales aduciendo que va contra lo que dios estableció?, ya que, en último término, dios en la boca de las personas puede justificar cualquier cosa: ¡cuántas matanzas no han habido en su nombre! (si hasta hubo quienes así justificaron el ilegítimo 11 de septiembre de 1973)

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